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Lecciones que me sigue dando la maternidad.

“Soy como una esponja, al vivir fuera de mi país, poco a poco me voy secando, de mi comida, de mi forma de hablar, del estar con mi gente. Cuando regreso a mi tierra mi esponja se llena otra vez al comer mi comida, al convivir con mi familia, con mis amigas, al hablar con mi acento, con mis palabras, todo esto ensancha la esponja nuevamente, y regreso a casa sintiéndome llena. Sin importar los años que llevo fuera, mi esponja siempre se vuelve a vaciar poco a poco, y ya cuando está completamente seca empiezo a sentir la nostalgia por regresar a mi tierra otra vez”. Esta fue la descripción de la esposa de un primo de mi esposo, Ecuatoriana que vive en Guatemala, me identifiqué tanto con su ejemplificación tan clara del sentimiento de vivir lejos de tu tierra porque así regresé después de pasar los días de navidad y año nuevo visitando a mi familia al noroeste de México. Volví llena, literalmente llena de tanta comedera, pero sobre todo de momentos especiales vividos con la familia.

Regreso también con lecciones nuevas que sigo aprendiendo de este rollo llamado maternidad. Subimos rumbo a las montañas de Arizona para pasar año nuevo en la nieve. Yo fantaseaba que nos resbalaríamos en trineo con la pequeña, que construiríamos un muñeco de nieve juntas y se la gozaría jugando en la nieve. La realidad fue muy distinta, no le gustó el frío, y lloró desconsoladamente al momento de tocar la nieve; pero así soy, tiendo a imaginarme las cosas tan claramente que juro que así serán, aunque pueden resultar completamente diferentes. Pensé que había aprendido mi lección: dejar de imaginar que las cosas sucederán de cierta forma, pero no fue así. A la semana de regresar de México, la pequeña entró por primera vez al colegio, toda esa semana previa tenía el corazón hecho pasa, me desgastaba pensando en lo difícil que iba a ser para ella desprenderse de mamá el primer día, “lo que llorará la pobre” pensaba. La noche antes de su primer día le leí el cuento de “Elmo va a la escuela” tratando de suavizar lo más posible su ansiedad por la separación. No dormí nada esa noche. Amaneció, a desayunar, a ponerle su uniforme y como toda momarazzi que soy a tomarle unas 13242 fotos. Nos subimos al carro, llegamos al colegito, se acerca la maestra, la saca de su asientito, de lo más tranquila me dice bye bye y se va feliz, sin llorar, qué bueno que no lloró, pero me preocupé toda una semana, no dormí la noche anterior por eso?!. La niña no lloró, pero la mama se fue de regreso a casa todo el camino llorando por las dos.

Regresando a las lecciones que la maternidad me dio en las montañas nevadas, al ver que la pequeña definitivamente no le gustó la nieve y aprovechando que los abuelitos se la querían disfrutar, papá y mamá se fueron a esquiar. Iba feliz, recordando mis años de preparatoriana cuando iba con mis amigas los fines de semana a esquiar a un lugar que quedaba cerca del colegio. Nos pusimos el equipo, subimos en el lift, y al comenzar a descender, en lugar de disfrutar el aire frío, comencé a pensar en todos mis deberes que tengo como mamá, y que, si me llegaba a caer y terminaba enyesada en cama, no iba a poder hacer. Siempre tengo la incertidumbre de si hago suficiente como mamá, pero en ese momento, cuando empezaron a pasar por mi mente todas las cosas que no podría hacer para la pequeña, me quedó claro que ser mamá si es bastante trabajo. Y reafirmé que cuando te conviertes en mamá todo cambia, todo, hasta la manera de hacer alguna actividad de entretenimiento, y más si ésta implica algún riesgo. Cuando esquiaba de colegiala, disfrutaba la velocidad, me encantaba sentir el viento frío en la cara sin ponerme a pensar en las consecuencias, pero hoy todo es distinto, porque ahora hay una pequeñita que depende completamente en papá y mamá, pero que nos trae tanta alegría que hace el que ya no sea tan aventada como antes sea algo sin importancia.

Disfrutamos los días en la nieve, con la familia, los abuelos se gozaron a la pequeña y ella a ellos ni se diga. Y llegó la hora de regresar a casa, de volver a la rutina, de poner en orden a la pequeña que venía bastante mal acostumbrada al consentimiento de los abuelos. Empezamos también con rutinas nuevas, la pequeña entró al colegio y yo a la universidad, pero esta vez como profesora, empecé a dar clases dos días a la semana. Después de enrutinarme nuevamente me pasó algo curioso, al tener a la pequeña fuera de casa volví a tener algo que había perdido hace buen rato, tiempo, tiempo para mí. Perfecto! Pensé, podre aprovecharlo para retomar el blog, prendía la computadora pero no me salía nada, el sentimiento de vacío que había dejado la pequeña me tenía tan triste que no me dejaba ni pensar. Pero al ver lo contenta que regresaba del colegio, cambio mi estado de ánimo y decidí aprovechar “mi tiempo”, y qué mejor que con este espacio que me disfruto tanto y extrañaba mucho también. Bueno se me acaba mi tiempo, ya casi es hora de ir por la pequeña, hasta la próxima entrada 😉

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